La política de innovación orientada a misiones es el enfoque que moviliza la investigación, la innovación y la inversión pública y privada hacia objetivos concretos, ambiciosos y con plazo definido, formulados a partir de grandes retos tecnológicos o sociales.
Dirigir la innovación hacia objetivos concretos
La política de innovación orientada a misiones (mission-oriented innovation policy) parte de una idea sencilla: en lugar de apoyar la investigación y la innovación de forma genérica, el Estado fija un objetivo concreto, ambicioso y con plazo —una misión— y moviliza en torno a él a empresas, universidades, centros de investigación, administraciones y ciudadanía. La misión no prescribe la solución: marca la dirección y deja que surjan múltiples proyectos y tecnologías capaces de alcanzarla.
El enfoque se distingue de las políticas de innovación horizontales, que se justifican por la corrección de fallos de mercado —por ejemplo, la infrainversión privada en I+D— y procuran ser neutrales respecto a sectores y tecnologías. Las misiones asumen, en cambio, que toda política de innovación tiene una dirección y que conviene decidirla de forma explícita. La economista Mariana Mazzucato, su principal impulsora contemporánea, describe este cambio como el paso de un Estado que se limita a corregir mercados a otro que contribuye a crearlos y orientarlos, idea que desarrolló en The Entrepreneurial State (2013) y en Mission Economy (2021).
Su relevancia actual procede de los llamados grandes retos sociales —cambio climático, salud, envejecimiento, transición digital—, problemas que ningún sector ni disciplina puede resolver por sí solo y que exigen coordinar instrumentos que suelen gestionarse por separado: ayudas a la I+D, compra pública, regulación, financiación y formación.
Los rasgos de una misión
El informe que Mazzucato elaboró para la Comisión Europea en 2018,1 a petición del comisario Carlos Moedas, propuso cinco criterios para seleccionar misiones que se han convertido en referencia en Europa:
- Audaces e inspiradoras: con una relevancia social amplia, capaz de implicar a la ciudadanía.
- Dirección clara: objetivos concretos, medibles y con un plazo definido.
- Ambiciosas pero realistas: que exijan investigación e innovación con riesgo, pero alcanzables.
- Transversales: que crucen disciplinas, sectores y tipos de actores.
- Abiertas a múltiples soluciones: que admitan proyectos diversos, también de abajo arriba (bottom-up), en lugar de imponer una única tecnología.
Del reto a la cartera de proyectos
La arquitectura habitual tiene tres niveles. En la cúspide se sitúa un reto amplio, como la crisis climática; de él se deriva una misión concreta, por ejemplo, lograr un número determinado de ciudades climáticamente neutras en una fecha fijada; y la misión se despliega en una cartera de proyectos en sectores como la energía, la movilidad, la construcción o la alimentación. Gestionar esa cartera requiere una gobernanza multinivel y mecanismos de participación propios de la cuádruple hélice, porque las decisiones afectan a muchas partes interesadas con intereses distintos.
La orientación a misiones no es nueva. Lo que ha cambiado es la naturaleza de los objetivos y, con ella, el tipo de política necesaria para alcanzarlos.
Las misiones antiguas y el origen del término moonshot
Las primeras políticas orientadas a misiones fueron grandes programas tecnológicos de Estado ligados a la defensa y al prestigio nacional: el Proyecto Manhattan durante la Segunda Guerra Mundial, la energía nuclear o la carrera espacial. El caso arquetípico es el programa Apolo. El 25 de mayo de 1961, John F. Kennedy pidió al Congreso de Estados Unidos que el país se comprometiera a llevar a un ser humano a la Luna y devolverlo a salvo antes del final de la década, objetivo que se cumplió con el Apolo 11 en julio de 1969. De ese episodio procede el término moonshot, que en política pública designa un objetivo extraordinariamente ambicioso, con plazo fijado y una movilización masiva de recursos públicos. Mazzucato lo recupera como metáfora fundacional: el subtítulo original de Mission Economy es A Moonshot Guide to Changing Capitalism.
Estas misiones compartían varios rasgos: un objetivo técnico bien definido, un número reducido de actores —agencias públicas y grandes contratistas—, financiación pública abundante y un Estado que era a la vez promotor y usuario final de la tecnología. Henry Ergas distinguió en 19872 entre países con políticas tecnológicas orientadas a misiones, como Estados Unidos, Reino Unido y Francia, y países orientados a la difusión, como Alemania, Suiza y Suecia, que priorizaban la adopción de tecnología por el tejido productivo. La misma época dejó la crítica más citada del modelo: en The Moon and the Ghetto (1977), Richard R. Nelson se preguntaba por qué una sociedad capaz de llegar a la Luna no lograba resolver los problemas de sus barrios pobres y concluía que los problemas sociales no son solo técnicos, sino también organizativos y políticos.
Desde la década de 2000, el vocabulario de las misiones se desplazó hacia los grandes retos sociales. Dominique Foray, David Mowery y Richard Nelson examinaron qué lecciones podían extraerse de los programas de misión tradicionales para afrontar desafíos como el cambio climático3 y concluyeron que el modelo no se trasladaba sin más: los nuevos retos requieren que millones de usuarios adopten soluciones, cambios de comportamiento y políticas complementarias de demanda y regulación. Johan Schot y W. Edward Steinmueller (2018) situaron ese giro en un tercer marco de la política de innovación, orientado al cambio transformador, que sucede a los marcos de la I+D de posguerra y de los sistemas nacionales de innovación.
El informe de Mazzucato de 2018 dio forma operativa a esta nueva generación y desembocó en las misiones de Horizonte Europa, lanzadas en septiembre de 2021. La OCDE, en un análisis de Philippe Larrue (2021), las caracteriza como intervenciones sistémicas que buscan corregir debilidades habituales de los sistemas de innovación: la falta de orientación estratégica, la escasa coordinación entre políticas y la fragmentación de los instrumentos. Frente a las misiones antiguas, las nuevas persiguen objetivos sociales y no solo tecnológicos, tienen a la sociedad como usuaria final y dependen de la difusión de soluciones, no de una demostración puntual.
Debates y críticas
Desde posiciones de tradición liberal, las misiones reeditan la tentación de que el Estado elija ganadores, con riesgo de captura y despilfarro. Sus defensores replican que la cuestión no es si intervenir, sino cómo hacerlo con una dirección legítima y evaluable. Iris Wanzenböck y sus coautores (2020) subrayan que muchos retos sociales son problemas perversos (wicked problems): el desacuerdo puede afectar tanto a la definición del problema como a las soluciones, de modo que la misión debe entenderse como un proceso de aprendizaje y no como una meta fijada de antemano. Ross Brown, a partir del caso del banco nacional de inversión de Escocia, critica la vaguedad operativa del enfoque, su desajuste con la demanda de los sistemas regionales y el riesgo de reforzar trayectorias existentes, y propone partir del contexto local. Otros debates afectan a la legitimidad democrática —quién define las misiones y con qué participación—, a la dificultad de evaluar resultados a largo plazo y al riesgo de rebautizar como misiones programas existentes sin cambiar su diseño.
Ejemplos y casos
Las misiones se aplican a escalas muy distintas, desde programas espaciales nacionales hasta la transformación de una calle.
Recursos adicionales
Bibliografía recomendada
Dos obras de referencia del enfoque contemporáneo y un clásico que cuestiona sus límites.
Recursos adicionales
Bibliografía recomendada
- Mazzucato, M. (2018). Mission-Oriented Research & Innovation in the European Union: A problem-solving approach to fuel innovation-led growth. Bruselas: Comisión Europea, Dirección General de Investigación e Innovación.
- Ergas, H. (1987). «Does Technology Policy Matter?». En B. R. Guile y H. Brooks (eds.), Technology and Global Industry: Companies and Nations in the World Economy. Washington D. C.: National Academy Press.
- Foray, D., Mowery, D. C. y Nelson, R. R. (2012). «Public R&D and social challenges: What lessons from mission R&D programs?». Research Policy, 41(10), 1697-1702.